viernes, julio 03, 2009

L’evasion

Por más que se aplica en acosarte, el rumor de la gente te llega disperso y desde muy lejos. Casi como un mal recuerdo, o un eco que no dice nada. Todo pierde importancia cuando se tiene el amor. Ya quisieras tener el amor, pero hace tiempo que lo perdiste, y el olor de los cuerpos sudados te provoca nauseas. Estás pensando otra vez en el rostro de aquella mujer. Era tan limpio e inspirador, rostro mulato; diosa de nuestras tierras; de piernas largas y ojos bien abiertos. Quisieras volver a verlos. Quisieras volver a hablarle, y decirle… tantas cosas. Pero no sabés cómo encontrarla, y además no debes hacerlo. Te conformás con soñarla: Le das una flor. Le desvistes el alma. ¿Una flor por un alma? ¡Qué te importa si ya no tienes el amor!

“¿Estoy en La Ramada? ¿O será más bien el espacio exterior? Para el caso es lo mismo; sigo flotando, estoy perdido. Soy el capitán de esto en lo que viajamos. Lo que sea que sea. ¡Mi tripulación se perderá conmigo!
Bitácora del capitán:
Son las nueve menos cuarto; y ni soy un capitán, ni esta es una nave intergaláctica. Es una lata tercermundista. Despreciable hasta para los del tercer mundo. Una antigüedad que no trae más nostalgias que al dolor. Lo que llamamos nosotros los miserables: Un micro. A lo mucho es una nave, pero como las antiguas, como las naves vikingas o romanas. ¡Soy un esclavo!”.
- ¡Los esclavos acomodarse más al fondo! - grita el capataz – por favor – agrega luego como para no quedar registrado en la historia como un hombre cruel.
“¿Cómo era esa palabra?”, su profesor siempre la repetía cuando lo pillaba dormido con los ojos abiertos, como muerto, pero sólo soñado. “¿L’evasion?”, triste profesor, “el gordo no pierde las esperanzas de irse a Francia”. Igual que un amigo árabe de su padre, “¿o era turco, o judío?”. El hombre abandonó su prospera tienda en pleno centro, vendió sus pertenencias, tomó sus pilchitas, y se fue casi de la misma manera cómo llegó hace más de cuarenta años. Todo por irse a perseguir ese sueño de conocer La Meca, ¡a los sesenta y cinco años!
“La Meca, que nombre tan raro… ¿Hará tanto calor allá como acá? ¡Me estoy asfixiando!”, pensaba.
Una muralla de espaldas lo iba rodeando.
“Una flor por un alma”, se volvió a decir, y nuevamente se sumergió en su evasión, en su anhelo de las nueve de la noche. Un nuevo escape de ese fallido territorio que otros llamaban hogar, pero no era su hogar, no era su nada, porque él es sólo un cadáver andante más. Qué no necesitaba a Cristo para obrar ese milagro, era cosa de algo más fortuito, el destino, o una maldición heredada, la obstinación de la ciudad que le decía que no estaba muerto, que lo aferraba a sus anillos de fuego. Sus devastadoras avenidas. De pie, en el micro, la evasión lo llevaba a cualquier parte. Menos, claro está, a donde el hubiera querido llegar.


Esa noche te sentías tan radiante. Invencible, inmortal. Hasta que capitulaste en Equipetrol. ¡Qué tonto fue enamorarte! Llevabas los pantalones nuevos que compraste en Los Pozos, sinvergüenza, decías que lo compraste de los ampulosos escaparates del Casco Viejo; de los más caro y exclusivo por supuesto ¡Mentira! Una camisita que hacia pinta y brillaba bajo la luz del neón. Eras un vampiro que chupaba cerveza; o cuellos que te dejaban impresos olores extravagantes, eso si tenias suerte. ¡Tu corazón sabe latir tan acelerado cuando tenés suerte!

Esa noche te pusieron la canción. Ella bajó de las escaleras como una princesa envuelta en un manto de misterio y vapores de las dos de la mañana. Era como el trailer de alguna película de James Bond, o mejor aún para el caso, de alguna película porno. ¡Una señal! Casi como si una flecha la estuviera apuntando… como si te hablara a ti. Aquí estoy.

Era para vos, te dijiste…

Pero no era.


- ¡Los mongoles apegarse más al fondo!, gritó de nuevo Atila, el bárbaro para conducir.
“Esto ya lo escuché en una mala película. Era tarde, no había nada más que ver…”
- ¿Qué son esos zumbidos? – Gritó histérica una mujer ataviada de un pulóver elegante, parecía hasta original la marca, que más importaba en semejante calor…
- Mamá, mañana despertáme temprano ¿si? Que tengo parciales – se escuchó decir a un niño cuando el zumbido se hizo más audible y devastador.
- Son cuatro motos – dijo un cajero de banco, demostrando todavía después una larga jornada laboral, que sí, efectivamente sabía contar. Efectivamente.
Las motos rodearon el micro, y unos hombres más adelante le dijeron a Atila – conviene que lo llamemos así porque no sabemos su nombre – que detuviese el micro e hiciera que todos los pasajeros levanten las manos.
- ¡Esto no es una cumbia! - tuvo el atrevimiento de responder.
Se desprendieron unas balas desafiando la gravedad, baleando el ocaso, amenazando al chofer.
Atila no quiso rendirse, prefirió entregarse a la locura; chocó a un taxi que iba en el carril continuo y luego dio un vuelco tan estridente, que sólo por eso ya había ganado un lugar privilegiado en los noticieros y los diarios por el resto de la semana.
“Porque esto es Santa Cruz”, se dijo con el poco humor que le quedaba.
Tras arrastrarse cincuenta metros sobre el asfalto, la lata tercermundista dejó de soltar chispas, calmó su reguero de vidrios, y se detuvo lentamente – inocentemente - como un cochecito de carrusel o montaña rusa.
“¿Otra vez, otra vez?”…
Atila había sido un pionero del desastre, consecuentemente, el primero en morir.
Ante este hecho, no podía esperarse más que el debido griterío generalizado. Acto seguido rompieron todas las ventanas del lado que no daba contra el asfalto. Salieron como conejos perseguidos por perros de caza. Los motociclistas bramaron sus motos en señal de persecución. No todos corrieron, algunos estaban gravemente heridos. Otros ya estaban muertos. Antes que le apuntaran directamente a la cabeza, a su frente que siempre albergaba otros pensamientos, los motoqueros habían disparado contra dos mujeres histéricas, y al niño que no llegaría a sus parciales del día siguiente.
- ¡Entregáme toda la plata que tengás, y no te hagás el vivo porque te matamos este mismo rato!
Es en situaciones extremas como ésta, en la que comprendemos que nuestra vida no puede compararse a ningún monto imaginable. Con gusto les hubiera dado toda la plata del mundo. El único problema era que solamente tenía cinco pesos; lo iban a matar igual. Lo peor de todo, es que sería por una razón tan simple y tan trivial, que lamentaba la falta de originalidad en su deceso.
Iban a matarlo por ser pobre.
Respondió con un ademán resignado. Pasaría no más de un segundo después, cuando se escuchó un ligero silbido, una melodía más bien enternecedora; después nada.

¿Escuchás la música? Es la misma de antes. ¿Cuál era la marca del trago? No debiste tomarlo. Debiste sospechar cuando te lo invitó trayéndolo de cualquier parte. Hacerte el caballero y comprar vos antes que te ganara de mano. Pero te descuidaste, estabas tan embobado. Su rostro era distinto. Cándido como de una adolescente confundida; furtivo como de una mujer experta. Su cintura te llevaba a cualquier parte, a empinar los montes, a recorrer sus valles. ¿Valió la pena? A veces, cuando pensás en su veneno dulce, en su narcótico sin cura. En lo bello que eran sus mentiras resolviéndote la vida; cuando el recuerdo te trae el estremecimiento de su voz, y a sus ojos, esos ojos que te miraban fijos, como enamorándose. Cuando todo el peso de su cuerpo vuelve a caer sobre vos imaginariamente, enamorándote, y lo real es el sueño. No pensás en el precio.

¿El precio?… amanecer casi muerto en sólo Dios sabe donde… un motel al final del mundo. Carretera al norte girando al quinto anillo del infierno de Dante. Desnudo, sangrante.

Cuando te enteraste, tenias un hueco en el lado derecho, y te faltaba algo de vos. Cuando intentaste mover un dedo, lo supiste, te habían robado todo. Hasta la inocencia, y eso que vos que creías que la habías perdido hace mucho tiempo; pero no, ahora vez que todavía guardabas.

Por la habitación entraba un aire viciado, podrido, estabas en un cuarto de paredes manchadas con mierda, semen, y sangre de quién sabe quién. O qué.
Sin poder respirar, y aquel pedazo tuyo secuestrado, tan importante y tan ajeno… Era el final… Te entregaste a la muerte, querías morirte y cerraste los ojos para agilizar el proceso. Y de alguna manera si estás muerto… pero para fines más superficiales, ¡te salvaron! Te sustrajeron de la luz, de ese algo que podía ser mejor o al menos cesar el dolor, pero ya ni eso. Estás obligado a moverte. Eso si, ni pensar en agradecerle a nadie tener que seguir pisando este suelo… ¿Para qué? No hay agradecimientos para quien prolonga la condena. El infierno sólo se vuelve más grande que antes.


¿Estás bien muchacho? – preguntó una señora que acababa de subir y de frente a la altura de la puerta se topó con ese muchacho de pie, meditabundo, habiendo tantos asientos vacíos miraba estático a la ventana: a la ausencia de luz que se prolongaba a través de ella, o a la neblina de polvo que levantaba el barco vikingo a su paso.
- ¡Oh! Muy bien, gracias – dijo sonriendo, y mirando hacia el fondo buscando donde acomodarse.
Eran como las diez de la noche, los faroles del micro violaban despacio la ley de las tinieblas que regía en el barrio.
Al amparo de las sombras, un manojo de partes humanas van escurriéndose a su paso. “son ellos”. Contemplaban soberbios el vehiculo que avanzaba lento, pidiéndoles permiso para llegar a su parada.
“Si me fijo bien, puedo descubrir un brazo apoyado en el tronco de un árbol, o una cara en una ventana de la construcción abandonada, unos pies detrás de los arbustos, agazapado entre las flores de la entrada a mi casa. Fijándose bien, podría descubrirlos hasta por debajo de las piedras, pero para qué descubrirlos. Es mejor no saber, y con suerte no volver a verlos”.
Cerró los ojos, cruzó los brazos y se estiró para ponerse cómodo en los anchos asientos de atrás. Por fin el micro iba vacío, y la cumbia del chofer ya no le parecía mal. Estiró las piernas y juntó los pies. Todavía quedaban veinte minutos para llegar a su destino. Afuera las sombras sin cuerpos, poco a poco, como cada noche, iban apoderándose del barrio.

¿Te acordás? Yo también te recuerdo.
Cada mañana me despierto pensando: “¡Más me hubiera valido haber terminado el trabajo!”.
Pero acá estamos, enamorados.
Después de todo, tal vez después de todo, esa noche valió la pena.
Pero ya no importa, es tan triste tener que aceptar que es cierto, que vuelve a cumplirse aquella sentencia que en su severidad afirma: Todo aquel que sueña, está condenado a despertar.

1 Opiniones importantes:

Vania B. dijo...

Me gustó mucho este cuento, querido esclavo de La Ramada.

Un abrazote.