lunes, enero 15, 2007

Cuatro cuentos breves

Al releer cuentos que había escrito hace algún tiempo (me gusta releer y corregir las cosas que escribo con la ilusión de mejoralas), me encontré (es una forma de decirlo) con estos cuatro cuentitos y se me ocurrió que tenian algo en común (probablemente el hecho de que su escritor no tuvo la capacidad de hacerlos más largos o más amenos). Y aunque en realidad pensé en subirlos a ésta página por separado (asi tendría algo que subir más seguido), siento que deberían leerse los cuatro al mismo tiempo.

El pucho mañanero

Aunque ya no estás, aún respiro tu presencia. Atrapado en los recuerdos, los primeros rayos de sol me despiertan desde la ventana. Hay días en los que amanece nublado, otros con una claridad que me resulta desagradable. Prefiero que llueva, a que haga mucho calor. Frente a la noche y sus arrebatos, mi televisor vigilante, me ha protegido una vez más de la soledad. He reído gracias a una comedia francesa, y estoy casi seguro que los europeos hacen mejores películas que los norteamericanos. Cuando el ser humano se libre de su egoísmo, ya no tendré que salir a trabajar, ni tomar duchas semidormido. Sobre el respaldar de la silla: mi guitarra; algún día aprenderé a tocarla. En la mesa: las llaves de mi habitación. También algunos libros, compañeros de otros insomnios y otras jornadas. A eso de las dos de la mañana, te escribí un poema que titulaba “te quiero tanto, mi dulce de batata”, luego lo sentí tonto y vano; porque a ti no te gustan los poemas, y quedó claro que yo no sé redactarlos. De mi computadora necesito imprimir unos documentos, es jodido tener que ir a trabajar; y después convertirme en estudiante. Hoy, es jueves. El fin de semana se acerca amenazante, no quiero saber de nada si no estará tu risa para alegrarme. Me siento cansado. En el bolsillo de mi pantalón: diez pesos; suficiente para el transporte público, y más tarde unas empanadas. Con un inevitable bostezo, terminó de arreglarme para encarar al mundo que espera listo para atormentarme. Blanca y radiante, mi cajetilla de cigarrillos sería incapaz de abandonarme. Ni que decir de mi leal escudero, un noble encendedor de tres pesos, que aunque gastado, me acompaña a todas partes. Brilla ante mis ojos el fuego de la resignación; soplo con placer la primera bocanada y salgo a la terraza. Desde el cuarto piso todos se ven más pequeños. Insignificantes, como el humo que desaparece con arrastrado por la brisa de la mañana. Y yo, estoy listo. Llevaré tu recuerdo como un aguijón en mi pecho. Durante todo el día lucharé por no llamarte; y apagarte con cada suspiro de tristeza asfixiante. Lenta pero inevitablemente, mi pasión por ti terminará por acabarme.

Esperaré la muerte… satisfecho, mientras fumo mi pucho mañanero.


Para toda la vida

Sé fiel hasta la muerte
Apocalipsis, 2:10

A las doce treinta de la media noche, el cuerpo de Edgard yacía desangrándose frente a la Catedral, en uno de los nuevos asientos de la Plaza Principal, considerados “modernos”. Dos balas en el pecho fueron insuficientes para acabar con él; un soplo de vida aún corría por sus venas. Edgar, entre agonizante y ocioso, escribió sobre la madera del asiento sus últimas palabras con la sangre derramada en el piso. El culpable, hasta entonces, ya no se encontraba allí. Nadie corrió a socorrerlo, nadie escuchó cuando gritó. Luego el sol y el reloj anunciaron las seis de la mañana, y la ciudad volvió en si. La gente que asistía a misa, y los que simplemente pasaban por allí, encontraron al pobre Edgar muerto con la mirada fija en su mensaje. “Si hubiera recibido ayuda oportuna, tal vez aún estaría en este mundo”, comentó posteriormente el forense. Sociólogos y psiquiatras, politólogos y religiosos, continuaron debatiendo largo tiempo después, en los medios de comunicación, el significado exacto de sus palabras. Cada quien con su propia interpretación, su propia impresión, su propio desagrado. Como sea que haya sido, el mensaje fue contundente.

¡Viva Blooming Carajo!


Lo indeseable…

… Bueno, convengamos que esta es la historia de un muchacho (un muchacho como cualquier otro). Este muchacho participa en un concurso de cuentos (participa con ilusión, sus ojos lo delatan); y ese mismo día se le declara a la chica de sus sueños (porque se siente triunfador). Ante tal declaración, ella (escritora también) le pide ver primero el resultado del concurso como prueba de su valía. Bastante injusto eso de poner condiciones en una relación. Él acepta confiado en su augurosa y segura victoria (es muy bueno su trabajo).

Pero pierde.

¿Cómo perdí? se preguntará abatido. Caminará desilusionado por la avenida El Cristo, hacia el Primer Anillo. Deseando pensar en otra cosa y dejarlo pasar; la cantidad de automóviles, el snobismo que se respira al pasar por el boulevard, en ella, también pensará en ella… Pero no, la pregunta seguirá atormentándolo “¿Cómo perdí?”. Al día siguiente descubrirá para su mayor desazón, que el primer lugar lo ocupa la joven a quien había prodigado su amor. Aquella futura enamorada suya, que lo ha arrebatado de todo, del orgullo, y del amor. Desdichado no volverá a escribir, ni confiará en nadie nunca. A la larga, sólo le quedará un último recurso de alivio para su dolor: ¡Asesinar a todo el jurado! “Esos negados de talento que no supieron elegir bien…”.

¿Se imaginan cuánto dolor? ¿Cuánta tragedia?

Por eso amigos míos… no vuelvo a concursar.



Ella

Ella escapa por la madrugada, lleva consigo lo más valioso para cualquier joven: su pasión, sus sueños y la esperanza de ser amada. Su amor prohibido, la espera impaciente a orillas del Lago Encantado. Ella viste un camisón tan blanco como los tulipanes del jardín del gigante que vive sobre la montaña. “¡Eres muy joven aún para casarte!, gritó un día su padre, pero eso no calma el fuego en su vientre, ni las llamas de su corazón. Corre ahora presurosa, pues los minutos son valiosos, y no quiere llegar retrasada a su cita a diario acordada.

El nomo Javier, un ser frío y despreciado por los demás animalitos nobles del bosque, detiene a la bella joven para interrogarla.

- Buen día ¿Dónde vas tan apurada joven cortesana?
- A ver a mi amado en nuestra cita romántica acordada. Te ruego me dejes pasar criatura del bosque, no quisiera hacer esperar a mi adorado príncipe, y ya voy retrasada.
- Creo saber de quien me hablas, hermosa cortesana del bosque, pero dime bella dama, ese joven tan apuesto ¿es realmente un príncipe?
- ¿Por qué lo pones en duda?
- Vuestra merced es tan hermosa, que cualquier muchacho diría lo que fuera con tal de llevársela a la cama.
- No me detengas más, criatura desagradable.

La joven dama se aleja enfadada.

El príncipe se entretiene cortando el aire con su poderosa espada. Se está haciendo tarde, un mal presentimiento comienza a crecer en su pecho. Ella corre desesperada, y en su camino tropieza con la rama de un árbol. Pierde la conciencia, y al volver en sí, desesperada mira hacia el cielo, y con profundo pesar descubre que ya es muy tarde. El sol ya comienza a calentar.

Sin nada que perder, con un último hálito de esperanza logra llegar al Lago Encantado. Mientras por su lado, el príncipe bien amado, sintiéndose engañado, quita de si la mascara que secretamente cubría su rostro; revelando ser el malvado brujo que tanto temen en la región. Sin notar que ella está detrás, se sumerge blasfemando en las oscuras aguas del caudaloso lago. Ella no puede creer lo que sus ojos vieron. Confundida emprende el camino de regreso a casa. Su madre seguramente ya está despierta, y la espera para que la ayude con las labores de la cabaña: lavar, planchar, cocinar; ella conoce de memoria la rutina. Trabajará duro durante todo el día, y por la noche, antes de irse dormir, tendrá tiempo para reflexionar en todo esto que le ha pasado. Tal vez simplemente cierre los ojos, y a la madrugada siguiente, vuelva nuevamente al lago, para lograr esta vez, encontrarse a su príncipe encantado.