Marcia vivía en el pueblo de Ur, en la casa de sus padres. Su padre trabajaba en la única fábrica del pueblo y su madre se dedicaba a bordar y atender el hogar. Su casa lucía un frente color crema y guardaba una huerta en el fondo que se llenaba de vegetales frescos en verano. Ella tuvo su primer novio a la edad de quince años. Su padre al enterarse se lo prohibió. Un atardecer violáceo el joven galante, le dio su primer beso.
Había nevado el día antes al que ella escapó de su casa sin más pretexto ni aspiración, que la del primer amor. Los niños jugueteaban por las calles improvisando un trineo con madera vieja y cuerdas, también armaban muñequitos de nieve. Los árboles se resignaban al blanco de esa mañana y un pequeño triste ruiseñor trinaba sus penas a su primer y último invierno. En sus pupilas se reflejaron los pinos del Bosque de Job que marcaban los límites de su pueblo. Una flor caía vencida por el frío y un copo de nieve resbalaba lento sobre la hoja verde de un abedul gigante. Ella volteó a ver hacia la pequeña casita donde había nacido y vivido hasta entonces. No derramó una sola lágrima pues su amado le había llenado de promesas y esperanzas el corazón. Se quedó mirando durante un momento. El paisaje era blanco, verde y celeste. Luego siguió adelante.
Jean Claude había reafirmado su amor a Marcia, junto al famoso árbol del tronco dorado. Tomó ambas manos y las llevó a su pecho, besó sus cálidos labios y miró sin pestañear sus ojos negros que entonces tenían ganas de llorar. No pudo refrenar el impulso de pedirle que se fuera con él, de decirle que todo estaría bien y de jurarle que siempre la querría. Pero ahora, solo, de pie en la entrada del pueblo de Bler, con su mirada puesta en el bosque que ella atravesaría para llegar a él; y con preocupación por la reacción de sus padres, Jean Claude comenzó a pensar que se había equivocado.
La nieve no era muy alta, pero Marcia estaba cansada y caminaba despacio. El bosque de Job es grande, pero la distancia entre Bler y Ur es corta, aún así ella se estaba demorando demasiado. Al parecer, se había perdido.
El sol estaba ya muy alto y Jean Claude se impacientaba cada vez más. Sus dudas nacían con los segundos, crecían con los minutos y se multiplicaban con cada hora.
- Ella dijo que llegaría temprano – renegó para si mismo.
Ella se sentía perdida, estaba perdida, pero no podía rendirse ni lo haría. La movía la fuerza irrefrenable y ciega del primer amor. No la aterraban los aullidos de los lobos, ni otros pasos, ni otros voces; ni siquiera la conciencia de saberse perdida y sola en medio de un gran bosque. Finalmente el humo de las casas de Bler fue su salvación. Lenta pero decidida, celebraba cada paso como una victoria, pues le acercaban más y más al dueño de su amor.
La nieve en Bler se iba derritiendo lentamente y el sol brillaba renovado cuando Jean Claude vio con desencanto aparecer a Marcia a la distancia. Le pareció toda desaliñada, ojerosa con su ropa gastada y una vieja mochila marrón a cuestas. Al contrario ella sonreía radiante, sus ojos parecían dos satélites brillantes que solo iluminaban para él, que era como su sol. Le parecieron curiosos los leñadores afilando sus hachas, y los niños (como en Ur) improvisando un trineo y jugando con hermoso lobo siberiano de mirada azul. Con un ladrido inquieto y su lengua roja curiosa, el perro la saludó.
Marcia abrazó con todo su calor a su amado, le dio un beso pero el permanecía inamovible, callado, pensante.
- Te has demorado mucho más de la cuenta – protestó.
- Perdoname, el camino se había cubierto por la nieve – dijo ella un poco sorprendida por su reacción.
- Era mejor que yo fuera a buscarte.
- Si te hubieran visto, sería peor. Pero ya estoy aquí ¿no te alegras?
Jean Claude no respondió.
Caía el atardecer en Ur, un viento helado anunciaba una nueva tormenta, el sol estaba perdido entre las nubes pero su claridad fue suficiente para alcanzar a ver a Marcia regresar cabizbaja con su vieja mochila marrón a cuestas.
Una lágrima se cristalizaba en su mejilla.
Diminutos copos de nieve comenzaron a caer, ella no tenía prisa por regresar a su casa. Su padre seguro la recibiría furioso y la golpearía; y su madre lloraría para tratar de calmarlo. Marcia tocó sus labios partidos por el frío y miró su piel que se había puesto pálida. Comprendió por fin, el corazón de los hombres.
Cayó la noche en Bler, Jean Claude tomó asiento en su mecedora próxima a la chimenea, encendió su pipa y comenzó a fumar tranquilo. Por la ventana miró con indiferencia hacia la calle. La nieve caía pura, cristalina y constante.
Nada lograba realmente conmoverlo.
viernes, julio 27, 2007
Primer amor (Cuento)
Publicado por Rafu los 9:43 a.m. 13 Opiniones importantes
Etiquetas: Cuentos
domingo, julio 01, 2007
Más allá de la noche (Cuento)
Hasta ahora he visto casi todos los partidos de la Copa América, pronto les mostraré algo así como una especia de resumen de las conflagraciones, mientras, este cuentito que escribí anoche. Quedó un poco largo, pero ojala alguien lo lea.
Más allá de la noche
Él ya estaba borracho. No le importaba ni la hora, ni mucho menos el lugar donde se encontraba. El camino era sinuoso y empedrado. Todo estaba oscuro y vacío. Solo unos cuantos árboles de formas fantasmales lo acompañaban en su recorrido. Él seguía cantando esa canción de “corre guachín” que le gustaba tanto. La noche estaba despejada y las estrellas se mostraban sospechosamente brillantes. De repente le vino un ataque de hipo y se detuvo. La botella que llevaba en su mano estaba vacía, no podría explicarse, pero sintió sorpresa y desengaño al notar la botella en ese estado, así que la botó con un odio inconsolable. Continuó caminando con un leve balanceo de izquierda a derecha, siguió cantando aquella canción de “corre guachín”, aunque esta vez con esporádicos espasmos en el pecho. Sintió ganas de vomitar, así que se apego a un árbol que parecía tener unos orificios similares a ojos terribles y acusadores. Vomitó. Luego escuchó un suave zumbido cerca donde estaba. Cuando volcó a ver; vio dos extrañas personas que se aproximaron a saludarlo; le pareció (por cierto) que esas dos personas habían llegado volando.
- Hola, soy Goku – dijo el primero.
- kkkk, tengo que derrotar a Freezer... kkkk – balbuceó el segundo, quien era mucho más pequeño.
- … y este es mi hijo Gohan – acotó el primero.
- Goo… ¿Goookú? – preguntó.
- Hola soy Goku, en el anterior episodio luché con unos seres realmente terribles que se encuentran más adelante en este camino. No logré derrotarlos porque eran muy fuertes. No te aconsejaría ir – Dijo el que se hacía llamar Goku, en un tono inadecuadamente optimista.
- ¿Luuu - char? – Respondió - no, no te preocupes hermanito, que por ahora no tengo ganas de luchar con nadie.
Desoyendo los reiterados consejos de aquellas personas, Él siguió caminando lentamente, balanceándose con alegría y (ahora) silbando la canción de “corre guachín”. Sintió frío, pero no tenía con que abrigarse. Llevaba puesto un pantalón jean de esos con agujeros en las rodillas; una camisa de algodón manga corta, y sus zapatos negros bien lustrados.
Sonó su celular. La canción “Don” de Miranda, estaba como tono de llamado.
“… Quiero – saber – que – me – pasa – te – pregunto – que – me – pasa – y – no – sabes…” - comenzó a cantar, olvidándose de responder.
El camino era sinuoso y empedrado.
A lo lejos se divisaba una pequeña colina, la luna llena era amarilla, y los árboles lucían cada vez más aterradores. Allí iba él, balanceándose lenta pero alegremente, sin importarle su figura a contra luz.
Volvió a sonar su celular.
“… Quiero – saber – que – me – pasa – te – pregunto – que – me – pasa – y – no – sabes…” – volvió a cantar.
- Yo te conozco – le dijo una figura parada al borde izquierdo del camino, cubierta de un hábito negro y cargando una hoz que resplandecía cegadora reflejado la luz amarilla de la luna llena – pero no te preocupes, tu hora aún no ha llegado – dijo.
El creyó ver unos ojos rojos, apenas visibles debido a la capucha que cubría todo el rostro. Miró su reloj. Los números le eran borrosos, aparte que veía doble. Volvió a mirar hacia la figura de oscura apariencia, pero ya no estaba.
Un lobo aullaba triste a la imponente luna llena amarrilla.
Se sintió cansando, así que decidió sentarse debajo de un árbol negro cuyas ramas parecían dos brazos flacos con gajos como manos puntiagudas que buscaban estrangularlo.
Quiso recobrarse un poco de su borrachera.
Trató de recordar detalles de la fiesta, y como fue que había llegado hasta allí. Pero no pudo recordar nada, solo veía máscaras: máscaras rojas, máscaras negras, máscaras como risas, como ojos, como llantos. Máscaras y más máscaras mirándolo. Bocas bebiendo más tragos, música ensordecedora. Todo comenzó a darle vueltas y estuvo a punto de dormirse…
Pero no se durmió.
El camino era sinuoso y empedrado. Creyó escuchar su nombre como un eco en el viento. Su pelo flotaba en el aire, a causa de las breves ráfagas que soplaban. Miró hacia atrás y no vio a nadie, miró hacia adelante pero las cosas seguían igual. Miró hacia arriba, la luna llena era amarilla.
El camino parecía pronunciarse mucho más allá de la colina que había logrado subir, pero ya no estaba empedrado. No encontró razón alguna para seguir, para quedarse allí, ni para vivir. Tuvo sed.
A lo lejos se divisaba un lago, cuyas aguas verdes brotaban de un manantial subterráneo. Su lengua seca le demandó que fuera directo al lago, sus piernas aceptaron el peso de la distancia, y nuevamente comenzó a caminar. Otra vez, sintió un zumbido en sus oídos; esta vez un temblor sacudió la tierra. Recordó las risas, las máscaras; y ya nada pareció importarle, siguió su trajín mientras los árboles caían en el abismo que se abría a los costados del camino. Sus raíces se aferraban a la tierra, pero era inevitable su final.
Se sintió extrañamente excitado, como si todo eso le fuera familiar (premonitorio), cuando vio a una mujer. De sus labios nacía un pequeño surco de sangre y sonreía mientras su dedo índice le indicaba que fuera hacia ella.
Una extraña música repetía sus tambores.
El temblor cesaba, y volvía a hacer estruendo debajo de la tierra.
La luna llena era amarilla y la mujer era blanca (un poco pálida) de piernas fuertes, esbeltas y largas; su cintura era estrecha, su abdomen firme se adornaba con un piercing en el ombligo con forma de serpiente; sus pechos no eran grandes, pero definitivamente lucían bien y decidió ir hacia ella.
Se detuvo. Volvió a sentirse mareado, sus ojos empezaron a lagrimear y sentimientos como sueño y sed lo confundieron.
La extraña música repetía sus tambores.
Ya nada le importaba.
- Yo te conozco - le dijo la figura parada al borde izquierdo del camino, cubierta de un hábito negro y cargando una hoz que resplandecía cegadora.
- ¡Ya nada me importa! – le gritó; también les gritó a las dos personas que sabía volaban sobre él, como queriendo saber lo que le pasaría.
“¡Gokuuuu, vete al infiernoooo!”
– Pero no te preocupes, tu hora aún no ha llegado – repitió la oscura figura.
Él quiso ver (quizá por un comprensible morbo) eso ojos rojos apenas visibles debido a la capucha, pero ya no había nadie.
Continúo caminando. El camino era sinuoso y cubierto de roca y polvo. Él caminaba a paso más firme, y ya no se balanceaba tanto.
El lago, cuyas aguas verdes brotaban de un manantial subterráneo, parecía cada vez más cerca.
De repente sus pies se volvieron de plomo, y se le vino a la mente las imágenes de las máscaras, de las risas, de la hora borrosa en el reloj, de la luna llena amarilla y de la mujer de labios en los que nacía un pequeño surco de sangre, y comenzó a sentir desesperación por primera vez en toda la noche. La extraña música repetía sus tambores, cada vez más extraña y estridente, mientras más próximo se encontraba al lago de aguas verdes.
Un paso tras otro, un paso tras otro. Sentía desesperación y sed. Tal vez su desesperación se debía principalmente a su sed, a su lengua que se revelaba en su boca y le exigía calmar el fuego que la sofocaba.
Ya no tenía fuerzas, cayó de rodillas y aún de rodillas y manos, continúo (esta vez) gateando como un niño recién llegado al mundo. No sintió pena, porque todo se justificaba bajo el absoluto e indiscutible mandato de su sed, de su desesperación, de su angustia.
El tic tac de un reloj.
Un sonido sordo de puertas que se abren y se cierran solas.
Un olor que le recuerda un pasado mucho más alegre.
Finalmente llegó a la orilla del lago de aguas verdes, sus manos ennegrecidas y temblorosas se sumergieron (aún) con pesadez sobre el agua, pero cuando sintió su húmeda sustancia, recobró su fuerza y su valor.
Bebió sorbo a sorbo, con tranquilidad, con calma, como quien tiene todo el tiempo del mundo, por que ¿Cuál era finalmente la prisa?
En un descuido vio su reflejo en el agua. Vio sus cuernos, se puso de pie y también vio su cola. En su espalda sintió dos grandes heridas verticales, y su cuerpo todo, no lo sabia, cambiaba constantemente de color, como de la luna, como del agua, como de los árboles, como del camino, como de la mujer.
Ya no tenía sed.
- Vuelve por donde viniste, ya no sigas más – le dijo la persona que había encontrado al principio. Su hijo lo miraba con curiosidad.
Testarudo, se quedó parado al borde del camino (sinuoso cubierto de rocas y polvo).
Aún tuvo fuerzas para menear la cabeza a esos ojos celestes que le miraban preocupados. Y no se dejó impresionar por el resplandor que de esa persona emanaba.
El tic tac de un reloj.
Un sonido sordo de puertas que se abren y se cierran solas.
Un olor que le recuerda un pasado mucho más alegre.
La extraña música tocó su último repique de tambor.
Él ya no estaba tan borracho cuando dijo (en un tono inadecuadamente optimista):
- Este camino, si que es extraño.
Miró hacia ambos lados, hacia adelante y hacia atrás. Miró la luna llena amarilla y las estrellas sospechosamente brillantes.
Se quedó pensando un rato.
…Pero ven ¡Ven, que aquí te espero!
Publicado por Rafu los 8:41 a.m. 9 Opiniones importantes
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lunes, enero 15, 2007
Cuatro cuentos breves
-->El pucho mañanero
Aunque ya no estás, aún respiro tu presencia. Atrapado en los recuerdos, los primeros rayos de sol me despiertan desde la ventana. Hay días en los que amanece nublado, otros con una claridad que me resulta desagradable. Prefiero que llueva, a que haga mucho calor. Mi televisor vigilante, me ha protegido una vez más de la soledad. He reído gracias a una comedia francesa, y estoy casi seguro que los europeos hacen mejores películas que los norteamericanos. Cuando el ser humano se libre de su egoísmo, ya no tendré que salir a trabajar, ni tomar duchas semidormido. Sobre el respaldar de la silla: mi guitarra; algún día aprenderé a tocarla. En la mesa: las llaves de mi habitación. También algunos libros, compañeros de otros insomnios y otras jornadas. A eso de las dos de la mañana, te escribí un poema que titulaba “te quiero tanto, mi flaquita tan lejana”, luego lo sentí tonto y vano; porque a ti no te gustan los poemas, y quedó claro que yo no sé redactarlos. De mi computadora necesito imprimir unos documentos, es jodido tener que ir a trabajar; y después convertirme en estudiante. Hoy, es jueves. El fin de semana se acerca amenazante, no quiero saber de nada si no estará tu risa para alegrarme. Me siento cansado. En el bolsillo de mi pantalón: diez pesos; suficiente para el transporte público, y más tarde unas empanadas. Con un inevitable bostezo, terminó de arreglarme para encarar al mundo que espera listo para atormentarme. Blanca y radiante, mi cajetilla de cigarrillos sería incapaz de abandonarme. Ni que decir de mi leal escudero, un noble encendedor de tres pesos, que aunque gastado, me acompaña a todas partes. Brilla ante mis ojos el fuego de la resignación; soplo con placer la primera bocanada y salgo a la terraza. Desde el cuarto piso todos se ven más pequeños. Insignificantes, como el humo que desaparece con arrastrado por la brisa de la mañana. Y yo, estoy listo. Llevaré tu recuerdo como un aguijón en mi pecho. Durante todo el día lucharé por no llamarte; y apagarte con cada suspiro de tristeza asfixiante. Lenta pero inevitablemente, mi pasión por ti terminará por acabarme.
Esperaré la muerte… satisfecho, mientras fumo mi pucho mañanero.
Para toda la vida
Sé fiel hasta la muerte
Apocalipsis, 2:10
A las doce treinta de la media noche, el cuerpo de Edgard yacía desangrándose frente a la Catedral, en uno de los nuevos asientos de la Plaza Principal, considerados “modernos”. Dos balas en el pecho fueron insuficientes para acabar con él; un soplo de vida aún corría por sus venas. Edgar, entre agonizante y ocioso, escribió sobre la madera del asiento sus últimas palabras con la sangre derramada en el piso. El culpable, hasta entonces, ya no se encontraba allí. Nadie corrió a socorrerlo, nadie escuchó cuando gritó. Luego el sol y el reloj anunciaron las seis de la mañana, y la ciudad volvió en si. La gente que asistía a misa, y los que simplemente pasaban por allí, encontraron al pobre Edgar muerto con la mirada fija en su mensaje. “Si hubiera recibido ayuda oportuna, tal vez aún estaría en este mundo”, comentó posteriormente el forense. Sociólogos y psiquiatras, politólogos y religiosos, continuaron debatiendo largo tiempo después, en los medios de comunicación, el significado exacto de sus palabras. Cada quien con su propia interpretación, su propia impresión, su propio desagrado. Como sea que haya sido, el mensaje fue contundente.
¡Viva Blooming Carajo!
Lo indeseable…
… Bueno, convengamos que esta es la historia de un muchacho (un muchacho como cualquier otro). Este muchacho participa en un concurso de cuentos (participa con ilusión, sus ojos lo delatan); y ese mismo día se le declara a la chica de sus sueños (porque se siente triunfador). Ante tal declaración, ella (escritora también) le pide ver primero el resultado del concurso como prueba de su valía. Bastante injusto eso de poner condiciones en una relación. Él acepta confiado en su augurosa y segura victoria (es muy bueno su trabajo).
Pero pierde.
¿Cómo perdí? se preguntará abatido. Caminará desilusionado por la avenida El Cristo, hacia el Primer Anillo. Deseando pensar en otra cosa y dejarlo pasar; la cantidad de automóviles, el snobismo que se respira al pasar por el boulevard, en ella, también pensará en ella… Pero no, la pregunta seguirá atormentándolo “¿Cómo perdí?”. Al día siguiente descubrirá para su mayor desazón, que el primer lugar lo ocupa la joven a quien había prodigado su amor. Aquella futura enamorada suya, que lo ha arrebatado de todo, del orgullo, y del amor. Desdichado no volverá a escribir, ni confiará en nadie nunca. A la larga, sólo le quedará un último recurso de alivio para su dolor: ¡Asesinar a todo el jurado! “Esos negados de talento que no supieron elegir bien…”.
¿Se imaginan cuánto dolor? ¿Cuánta tragedia?
Por eso amigos míos… no vuelvo a concursar.
Ella
Ella escapa por la madrugada, lleva consigo lo más valioso para cualquier joven: su pasión, sus sueños y la esperanza de ser amada. Su amor prohibido, la espera impaciente a orillas del Lago Encantado. Ella viste un camisón tan blanco como los tulipanes del jardín del gigante que vive sobre la montaña. “¡Eres muy joven aún para casarte!, gritó un día su padre, pero eso no calma el fuego en su vientre, ni las llamas de su corazón. Corre ahora presurosa, pues los minutos son valiosos, y no quiere llegar retrasada a su cita a diario acordada.
El nomo Javier, un ser frío y despreciado por los demás animalitos nobles del bosque, detiene a la bella joven para interrogarla.
- Buen día ¿Dónde vas tan apurada joven cortesana?
- A ver a mi amado en nuestra cita romántica acordada. Te ruego me dejes pasar criatura del bosque, no quisiera hacer esperar a mi adorado príncipe, y ya voy retrasada.
- Creo saber de quien me hablas, hermosa cortesana del bosque, pero dime bella dama, ese joven tan apuesto ¿es realmente un príncipe?
- ¿Por qué lo pones en duda?
- Vuestra merced es tan hermosa, que cualquier muchacho diría lo que fuera con tal de llevársela a la cama.
- No me detengas más, criatura desagradable.
La joven dama se aleja enfadada.
El príncipe se entretiene cortando el aire con su poderosa espada. Se está haciendo tarde, un mal presentimiento comienza a crecer en su pecho. Ella corre desesperada, y en su camino tropieza con la rama de un árbol. Pierde la conciencia, y al volver en sí, desesperada mira hacia el cielo, y con profundo pesar descubre que ya es muy tarde. El sol ya comienza a calentar.
Sin nada que perder, con un último hálito de esperanza logra llegar al Lago Encantado. Mientras por su lado, el príncipe bien amado, sintiéndose engañado, quita de si la mascara que secretamente cubría su rostro; revelando ser el malvado brujo que tanto temen en la región. Sin notar que ella está detrás, se sumerge blasfemando en las oscuras aguas del caudaloso lago. Ella no puede creer lo que sus ojos vieron. Confundida emprende el camino de regreso a casa. Su madre seguramente ya está despierta, y la espera para que la ayude con las labores de la cabaña: lavar, planchar, cocinar; ella conoce de memoria la rutina. Trabajará duro durante todo el día, y por la noche, antes de irse dormir, tendrá tiempo para reflexionar en todo esto que le ha pasado. Tal vez simplemente cierre los ojos, y a la madrugada siguiente, vuelva nuevamente al lago, para lograr esta vez, encontrarse a su príncipe encantado.
Publicado por Rafu los 12:47 p.m. 11 Opiniones importantes
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martes, septiembre 12, 2006
Asesinatos en Euforia Games (Cuento)
Asesinatos en Euforia Games
Publicado por Rafu los 5:25 a.m. 8 Opiniones importantes
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jueves, agosto 31, 2006
Tania
siempre...
Afuera llueve, aquí adentro estas hasta en las cosas más simples del cuarto, donde todo es ahora, soledad. Sabes que cuando llueve el frío invade toda la habitación, y un aire húmedo pero confortante acaricia nuestra piel, poniéndonos los pelos de punta en una combinación de placer e inquietud. En la noche sin tiempo (como esta o como tantas otras) en que nos conocimos, me vi reflejado en un poema tuyo. Supe desde entonces que serias, como eres, un espejo de las cosas buenas de mi alma, donde los errores y todo lo pasado, ya no importan.
En los días de verano, viajan por el cielo inmensas nubes blancas con las que se puede dibujar tantas cosas, como si fuesen hojas de un cuaderno en medio de la clase de matemáticas. Se puede dibujar leones o aves, pero yo prefiero dibujar tu figura ante la sorpresiva noticia de tu ausencia. Los sueños vienen y se van, como vienen y se van los días. Pero el cariño queda, no sabe de distancias o de olvidos. Dibujo aquella tarde donde hablamos de una media luna y una rayuela. La piedrita se lanza con destino al cielo, pero nunca llega, vuelve irremediablemente a la tierra, y comprendemos que no somos más que almas que creen estar vivas por el simple hecho de respirar. Pero vivir es otra cosa, es sentir, como yo siento la nostalgia y el vacío porque no estás.
A pesar de los kilometros, con la punta de mis dedos, te puedo tocar, y mi voz se escucha en un susurro lejano, pero constante. Un mensaje en tu correo. ¿Qué harías si un amanecer de esta vida que se prefigura como un bosquejo, contemplase contigo las formas de tu mundo y de tu cielo? Sabrías que no me interesa más que verte y hablar contigo, sin la estúpida pretensión de amarte o tan siquiera besarte. Simplemente de mirar al infinito, donde con las nubes se puede dar vida a mundos o a sueños, y en las noches sin tiempo (sin tiempo, como esta, o como tantas otras) las estrellas brillan fulgurantes y hermosas.
Pero ahora, solo llueve y siento frío.
Publicado por Rafu los 7:15 p.m. 12 Opiniones importantes
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